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Artículo cortesía de Bodegas Lealtanza y Distribuidora Jaizkibel Esta técnica, que consiste en aportar oxígeno en microburbujas al vino durante su fermentación mejorando su color, aroma e, incluso, su sabor en muchos casos, se utiliza desde hace años en Francia La microxigenación nació cuando los enólogos se dieron cuenta de que los poros de la madera de las barricas no eran suficientes para fermentar óptimamente los vinos actuales, caldos mucho más estructurados que resultaban muy concentrados, con mucho cuerpo y que precisaban un mayor aporte de oxígeno.
Así, surgió la microoxigenación, un sistema que, en sus versiones
más sencillas se puede decir que consta de una bombona de oxígeno, un
regulador de presión, un equipo de entrada del oxígeno formado por un
cartucho cerámico poroso y un caudalímetro que mide la cantidad de gas
que se está introduciendo en el caldo, siempre antes de introducir el
líquido en la madera. La
microoxigenación, que utilizada en procesos de elaboración normales
mejora el color, el aroma y, en menor medida, el sabor del vino, es
capaz también de corregir malos olores o fermentaciones inadecuadas que
puedan producir malos olores en copa. Te
permite corregir la fermentación del vino, pero también te puede jugar
una muy mala pasada y oxidar de golpe, lo que no tiene vuelta atrás. El
oxígeno es, en realidad, un enemigo del vino y no es fácil cuantificar
en cada momento su entrada en el depósito.
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